Mi corazón, hogar de Cristo.

Una noche invité a Cristo para que entrara en mi corazón, diciéndole: “Señor, quiero que este corazón sea tuyo y que vivas permanente y cómodamente aquí. Todo lo que tengo te pertenece; déjame mostrarte la casa.”
Primero fue mi estudio, con su biblioteca. Este cuarto de mi mente es más bien pequeño, pero es importante. En cierta forma, allí están los controles de la casa. Cristo entró conmigo y comenzó a mirar mis libros, revistas y cuadros. Y mientras él miraba, yo empecé a sentirme incómodo.
Era extraño, porque nunca me había ocurrido, pero entonces me avergoncé bastante. Algunos libros no eran para que los miraran esos ojos puros. En la mesa, había un montón de basura que no debería leer ningún cristiano. Y los cuadros eran realmente una vergüenza.
Me volví al Señor y le dije: “Maestro, sé que aquí hay que hacer cambios de fondo. Te ruego que me ayudes a hacerlos.” Me lo prometió y me dijo: “Toma primero todo lo que lees y que no sea puro, no veraz y sácalo del cuarto. Llena los estantes vacíos con las Escrituras. Te será más difícil controlar los cuadros, porque los tienes en la imaginación, pero esto te será de ayuda.” Me dio un retrato de sí mismo, de tamaño natural. “Cuelga esto bien en el centro, en medio de tu mente”, me dijo.
Lo hice y he descubierto que, cuando concentro mi atención en él mismo, su pureza hace que retrocedan mis pensamientos impuros.
Segundo, Del estudio pasamos al comedor, el cuarto de mis apetitos y deseos, donde usualmente pasaba bastante tiempo. El Señor se sentó en una mesa a mi lado y me preguntó: “¿Qué hay para comer?” Le contesté que tenía mis platos favoritos: Huesos, desperdicios, puerros y cebollas venidos directamente de Egipto. Puse la comida delante de él y no dijo nada, pero observé que no la comía, hasta que, después de un rato, comentó: “Yo tengo una comida que comer, que tú no sabes… Si deseas comida realmente satisfactoria, busca la voluntad del Padre y no tu propio placer. Trata de agradarme y esa comida te satisfará.” Allí frente a la mesa, me dio un bocado de la alegría de hacer la voluntad de Dios. No hay como eso en el mundo entero. ¡Qué sabor exquisito! ¡Qué vitalidad! ¡Cuán nutritivo!
Tercero, de allí fuimos a la sala, que tenía un ambiente cómodo y acogedor. El Señor me dijo: “Esta es una habitación realmente encantadora. Vengamos con frecuencia. Es tranquila y silenciosa, buena para tener comunión.” Como creyente que había nacido poco antes, me entusiasmé. Entró a la sala y tomó un libro de la Biblia, que empezamos a leer juntos. Mi corazón ardía mientras revelaba el amor y la gracia que tenía para mí. Eran horas maravillosas. Pero poco a poco, nuestros encuentros se hacían más breves. No sé por qué, pero comencé a sentirme muy ocupado para pasar unas horas con él. Al fin, las entrevistas no solo se acortaron sino que pasaba días enteros sin ellas. Una mañana, cuando bajaba apurado las escaleras, vi abierta la puerta de la sala. Vi ardiendo el fuego de la chimenea y al Maestro sentado. De repente, pensé: “Es mi huésped. Yo lo invité a entrar y no lo estoy atendiendo como debo.” Con mucha vergüenza, le dije: “Maestro, perdóname. ¿Has estado aquí todas las mañanas?” “Si”, me respondió, “Yo te dije que estaría contigo todas las mañanas para encontrarme contigo. Recuerda que te amo. Me costó mucho redimirte y aunque no desees disponer de un poco de tiempo para tener comunión, hazlo por mí, aunque también sea por tu bien.
Cuarto. Casi enseguida me preguntó si tenía un taller en casa. En el subsuelo de mi corazón, había un banco de carpintero y algunas herramientas, pero las utilizaba poco. Lo llevé allí. Miró y dijo: “Está bien instalado. ¿Qué estás produciendo?” Miró unos juguetes amontonados sobre el banco y volvió a preguntar: “¿Todo lo que produces para el reino de Dios son estos juguetitos?” “Bien, Señor”, le respondí; “sé que no es mucho, y quiero hacer más, pero después de todo, parece que no tengo ni fuerza ni capacidad para más”. “¿Quieres trabajar mejor?”, preguntó. Sé que eres poco diestro, pero el Espíritu Santo es el Maestro Artesano y si él controla tus manos y tu corazón, obrará por medio de ti. Se puso detrás de mí, colocó sus manos bajo las mías y, tomando las herramientas, comenzó a trabajar. Cuanto más yo reposaba, más pudo hacer él con mi vida.
Quinto. Después preguntó si tenía alguna habitación para distraerme. Estaba deseando que no me lo preguntara. Pero una noche, cuando salía para encontrarme con algunos amigos, me detuvo con una mirada. “Si sales esta noche, quiero acompañarte”, dijo. Algo turbado, atiné a decirle: “No creo, Señor, que realmente desees salir ahora. Vamos mañana a la reunión de oración. Pero hoy tengo otro compromiso.” “Lo lamento. Creí que cuando entré en tu casa, íbamos a compartir todo, a ser socios: estoy listo a acompañarte.” “Bueno, dije entre dientes; “podemos ir a alguna parte mañana”. Pasé varias horas de tortura. ¿Qué clase de amigo era yo al dejarlo deliberadamente para ir a un lugar que sabía que le desagradaba? Cuando regresé, vi que su luz seguía encendida. Subí para hablar con el Señor. “Señor, he aprendido la lección. No puedo estar alegre sin tu compañía.” Y entonces fuimos al cuarto de diversiones y él lo transformó. Trajo nuevos amigos, y la música y la risa volvieron a oírse en casa.
Sexto. Un día me esperaba en la puerta. “Hay un olor extraño en la casa”, dijo “Olor a algo muerto y me parece que es del armario de arriba”. Enseguida me di cuenta de qué se trataba. Efectivamente, arriba había un armario con llave. Y dentro yo había guardado algunas cositas que no deseaba que él viese. Sabía que eran cosas muertas, pero las quería y temía admitir que aún estaban allí. Subimos y me indicó que abriese. Entonces yo me enojé. Le había entregado la biblioteca, la sala, el comedor, el taller, el cuarto de diversiones, y ahora me estaba preguntando acerca de un pequeño armario. Pareció comprender que me había enojado, y me dijo: “Si crees que voy a quedarme donde hay un olor tan fuerte, te equivocas. Me voy fuera.” Y comenzó a bajar las escaleras. Vencido le dije: “Te daré las llaves, pero tendrás que abrir el armario y limpiarlo. Yo no tengo fuerzas.” Le pasé la llave y él abrió y lo dejó no solo limpio, sino pintado. Y entonces me vino el pensamiento. “Señor, ¿es posible que tomes a tu cargo la dirección de toda la casa y obres en ella como hiciste con este armario? ¿Tomarás la responsabilidad de hacer que mi vida sea lo que debe ser?”. Se le iluminó el rostro. “Es justamente lo que deseo. No podrías ser nunca un cristiano victorioso con tu propia fuerza. Déjame que obre en ti y por ti. Pero yo no soy más que un invitado. No tengo autoridad aquí”.”
Caí de rodillas y le dije: “Señor, es verdad: tú has sido el invitado y yo el dueño de la casa. Desde hoy seré el criado y tú el Señor.” Corrí a la caja fuerte, tomé el título de propiedad y lo traspasé a su nombre. “Aquí tienes todo lo soy y tengo” le dije. “Dirige tú la casa. Yo me quedaré contigo como siervo y amigo”.
¡Cuántas cosas han cambiado y en qué medida, desde que Jesucristo ha hecho de mi corazón su hogar!

Autor: Robert Boyd Munger

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