Gran Dama
Recuerdo cuando yo estaba en cuarto grado y tú solías hacer cosas como no acostarte hasta más de media noche, sólo para hacerme un disfraz de Zorro para la fiesta de disfraces. Yo sabía que eras una buena mamá, pero no me daba cuenta de lo gran dama que eras.
Puedo recordar que tenías dos empleos a veces y atendías un salón de belleza en el frente de la casa, para estar segura de que a nuestra familia no le faltara nada. Trabajabas larguísimas horas y de alguna manera te las arreglabas para sonreír todo el tiempo. Yo sabía que eras una buena trabajadora, pero no me percataba de lo gran dama que eras.
Recuerdo la noche que regresé a casa tarde... de hecho, era casi medianoche o aún más, y te dije que se suponía que hiciera el papel de rey en un drama de la escuela al día siguiente. De algún modo te pusiste a la altura de las circunstancias y creaste un manto púrpura de rey con armiño alrededor (hecho de algodón y tinta negra). Después de todo aquel trabajo, a mí se me olvidó aparecer en el drama, así que nadie en realidad vio la obra de arte que habías hecho. Y así y todo, fuiste capaz de reírte y amar y disfrutar incluso aquellas cosas. Yo supe entonces que tú eras una madre como no había otra, que pudiera hacer frente a todas las contingencias, pero no comprendí qué gran dama eras.
Recuerdo cuando me abrí la cabeza por sexta vez seguida y tú dijiste en la escuela: “Él se pondrá bien. Sólo necesita un poco de reposo. Yo volveré luego a ver cómo está.” Ellos supieron y yo supe que eras fuerte, pero no me percaté de lo gran dama que eras.
Puedo acordarme de cómo me ayudabas a lidiar con mi tarea en la escuela primaria superior y en la secundaria; cómo hacías disfraces para los eventos especiales de la escuela; cómo asistías a todos mis juegos. Sabía entonces que tú lo intentarías casi todo por ayudar a uno de tus hijos, pero no me di cuenta de la gran dama que eras.
Recuerdo haber traído cuarenta y tres chicos a casa una madrugada a las 3:30, cuando trabajaba para Vida Joven, y preguntarte si podrían quedarse esa noche y desayunar por la mañana. Me acuerdo de cómo te levantaste a las 4:30 para realizar aquella misión heroica. En aquel momento supe que eras una dadora generosa y gozosa, pero no pude comprender qué gran dama eras.
Puedo recordar que asistías a todos mis juegos de fútbol y baloncesto, en la escuela superior, y que te entusiasmabas tanto que hasta le pegaste a la persona que estaba delante de ti con tus pompones. Incluso podía oír desde el medio del campo, cómo me vitoreabas en las gradas. Entonces sabía que tú eras una de las animadoras más clásicas de todos los tiempo, pero no me di cuenta de qué gran dama eras.
Recuerdo todos los sacrificios que hiciste a fin de que yo pudiera ir a la universidad de Stanford; el trabajo extra que asumiste, los paquetes que me mandabas con cosas necesarias, las cartas que me recordaban que no estaba sólo en aquello. Sabía que eras una gran amiga, pero no comprendía qué gran dama eras.
Recuerdo haberme graduado de Stanford, y haber decidido trabajar por doscientos dólares al mes cuidando chicos en Vida Joven. A pesar de que Papá y tú creían que yo me había caído de la escalera, todavía me animabas. De hecho, me acuerdo de cuando viniste a verme para arreglar mi morada de una habitación. Le añadiste tu amoroso toque especial a lo que hubiera sido un habitáculo muy simple. Entonces comprendí – una y otra vez- qué genio creativo tenías, pero no me percaté de qué gran dama eras.
El tiempo pasó, me hice mayo, me casé y empecé una familia. Te convertiste en “Nana” y amabas tu nuevo papel, pero no parecías envejecer. Me di cuenta entonces de que Dios había tallado un lugar especial en la vida cuando te hizo, pero no me percaté de qué gran dama eras.
Un accidente me hizo perder velocidad. Las cosas se hicieron difíciles para mí. Pero tú estuviste a mi lado como siempre habías estado. Algunas cosas, pensé, nunca cambian; y me sentó hondamente agradecido. Me di cuenta entonces de lo que había sabido por mucho tiempo: qué gran enfermera puedes ser; pero no comprendí qué gran, gran dama eras.
Escribí algunos libros, y parecía que a la gente le gustaban. Tú y Papá estaban tan orgullosos que algunas veces le regalabas ejemplares de los libros a la gente sólo para mostrarles lo que uno de tus chicos había hecho. Comprendí entonces qué gran promotora eras, pero no me di cuenta de lo gran, gran dama que eras.
Los tiempos han cambiado... las estaciones han pasado, y uno de los hombres más grandes que jamás he conocido también ha pasado... a mejor vida. Todavía puedo recordarte en el servicio funerario, erguida y orgullosa en un vestido púrpura brillante, recordándole a la gente: “Cuán bendecidos hemos sido, y qué agradecidos estamos por “una vida bien vivida”.” En esos momentos pude ver a una mujer que podía erguirse en pie y agradecida en medio de la más difícil de las circunstancias. Estaba empezando a descubrir qué gran, gran dama eres.
En el último año, cuando has tenido que erguirte sola como nunca antes, todo lo que yo había observado y experimentado todos aquellos años, se ha reunido de un modo totalmente nuevo. A pesar de todo, ahora tu risa es más rica, tu fuerza es mayor, tu amor es más hondo y estoy descubriendo en verdad qué gran, gran dama eres.
Gracias por escogerme para ser uno de tus hijos.
Actualizado ( Lunes, 15 de Junio de 2009 21:23 )


